Americanadas en Philadelphia: una escapada a la ciudad donde nació Estados Unidos.

En miras de la celebración de los 250 años de Estados Unidos, anduvimos por su ciudad natal: Philadelphia. La ciudad más grande del estado de Pennsylvania y la sexta más poblada del país, con cerca de un millón y medio de habitantes. Fundada en 1682, se le considera una de las ciudades más importantes de Estados Unidos por haber sido cuna de su independencia. Aquí se firmó la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos, por lo que muchos la conocen como «la ciudad donde nació la nación».

Para ello, una vista de la gastronomía, cultura popular, el arte y otras formas de disfrute de esta ciudad, resaltando algunos iconos bastante característicos de este gran país.

Un bus de Greyhound desde Port Authority en Manhattan nos dejó, hora y media más tarde, en la terminal de buses de Philadelphia. Salimos al centro y nos topamos con una vida que se hace entre edificios de arquitectura modernas y antiguas construcciones de estilo colonial inglés y georgiano. Centros comerciales, bancos, cines y unos cuantos restaurantes rodean esta zona comercial, limpia, concurrida pero no atestada de personas.

Hacemos unas paradas técnicas entre Primark y TJ Maxx para terminar de artillarnos con algunos elementos esenciales y decorativos para el viaje. A buen tiempo para Dilan, a quien siempre le es muy agradable una sesión de compras.

En este viaje de dos días, nuestra primera parada nos haría tomar el bus PHLASH, que me contaron activa la ciudad para la temporada de verano y que, por cinco dólares, puedes abordarlo cuantas veces quieras en el día. Su ruta consiste en un circuito de las 19 atracciones más visitadas de este perímetro central.

Luego de esta vuelta con vista a la ciudad, llegamos al Museo de Arte de Philadelphia, uno de los más grandes y antiguos de Estados Unidos, albergando en sus tres pisos más de 200,000 piezas que abarcan desde hace cuatro mil años. Nuestro ticket nos permitió dos días de uso y acceso al Museo Rodin, otro espacio dentro de este diverso campus artístico.

Dentro, entre colores tierra y luces tenues, nos encontramos con la exposición Los Girasoles de Van Gogh: Una Sinfonía en Azul y Amarillo. Allí vi que en apenas una semana de agosto de 1888, Vincent van Gogh pintó cuatro de sus famosos cuadros de girasoles. Comenzó con unas pocas flores frescas y pequeños lienzos, y fue agregando más flores y formatos más grandes mientras pasaban los días.

Meses después, tras una crisis de salud mental, volvió a pintar los girasoles, esta vez recurriendo a la memoria y a sus trabajos anteriores. La muestra también explica que el artista utilizó hasta cuatro tonos distintos de amarillo y una serie de puntos, líneas y pinceladas curvas para darle personalidad propia a cada flor. Super impresionante de ver, en una presentación como si las flores estuvieran en movimiento y nosotros con la libertad de tocarlas.

Seguimos el paso por el museo entre otros observantes y así vamos saliendo por las salas. Hasta que llegamos a una pared de obras de Monet. Unos cuantos segundos de vista y directo al corazón el flechazo de ver tan detallada y despampanante creación. La primera en fila fue Bend in the Epte River near Giverny, obra impresionista que retrata, en colores pasteles y meticulosos detalles, los alrededores de Giverny, en Normandía. Voy con una sonrisa, pues es la segunda obra, despues de ver The Stary Night de Van Gough, que una pintura me lleva casi a las lágrimas al por fin presenciar de cerca. Transcurrir la pared despues de esto fue seguir en las nubes.

Así fueron agrupándose demás expresiones artísticas dignas de un día completo de contemplación. En nuestro caso, ya estábamos cansadas y teníamos que avanzar con el itinerario. Hacemos la salida por la puerta perfecta, al dar con el estatua de Rocky justo en nuestro camino al avanzar.

El personaje interpretado por Sylvester Stallone en la película Rocky de 1976 se convirtió en un símbolo de perseverancia y superación personal para generaciones enteras. La famosa escena de las escalinatas del museo es una de las más reconocidas del cine norteamericano y ha hecho de estas escaleras un lugar de cierta peregrinación para visitantes de todo el mundo.

Vamos por la parte gastronómica del asunto y buscamos el famoso Philly Cheesesteak. Este sándwich nació en Philadelphia en la década de 1930, cuando dos hermanos vendedores de hot dogs decidieron poner carne de res a la plancha dentro de un pan largo. El invento fue un éxito y hoy es quizá el plato más emblemático de la ciudad. Y que rica combinación ciertamente hermanos.

Nos paramos en Shay’s Steaks, un lugar que se promociona como «el restaurante de cheesesteaks mejor valorado del mundo». Allí preparan sus emparedados de carne con cortes premium (super bien sazonados), rebanados finamente y servidos en panes horneados frescos todos los días. La porción es más que generesoa, así que de visitar, hay que ir con hambre.

Ya es momento de ingresar en lo que será nuestra morada por la noche. El Maj Hotel, ubicado en el vecindario de Fairmount, es un pequeño hotel boutique de estilo moderno y tecnológico. Sus habitaciones de ladrillo expuesto cuentan con espejos inteligentes y controles de iluminación y temperatura desde el celular. Tiene un pequeño café, gimnasio abierto las 24 horas y una ubicación privilegiada, a solo unos minutos caminando del Museo de Arte y otros espacios culturales de la ciudad.

¿Lo mejor si me preguntan a mí? Las dos almohadas por persona, una alta y otra bajita. Perfecto para los gustos los colores en cuanto a estas importantes necesidades se refieren.

Regresamos al hotel para cenar cuando la lluvia nos aguó los planes. Y allí, en la tranquilidad de la noche, tuvimos una cena con vista a la ciudad. Pasamos luego al otro lado del piso para un juego de Uno (primera vez que gano una partida) y después unos minutos en el gimnasio para descargar el poco de energía llevabamos.

Un hotel al que le doy cinco estrellas y recomendaría altamente, además de querer volver desde que pueda. Tuvimos una excelente dormida, para amanecer al día siguiente con nuestro checkout y las últimas dos paradas del viaje.

Caminamos alrededor y vamos disfrutando de un barrio prístino y callado. Fairmount es conocido por sus calles arboladas, sus casas de ladrillo rojo y su mezcla de arquitectura victoriana y de principios del siglo XX. Es uno de esos lugares donde la vida parece ir un poco más despacio y donde se siente una convivencia muy cercana entre la ciudad y el arte.

Llegamos al Museo Rodin. Este espacio alberga una de las mayores colecciones de obras del escultor francés Auguste Rodin fuera de París. El jardín de esculturas, las fuentes y la tranquilidad del lugar invitan más a la contemplación que a la prisa, convirtiéndolo en una pequeña pausa dentro del movimiento de la ciudad.

Entre las piezas, me llamó especialmente la atención la dedicada al escritor francés Victor Hugo. La placa cuenta que la obra fue modelada en arcilla en 1883, vaciada en yeso en 1886 y fundida en bronce en 1926. También relata una curiosidad: Hugo aceptó que Rodin le hiciera un retrato, pero con la condición de no tener que posar para él. En lugar de largas sesiones, el escultor asistía a almuerzos y cenas en la casa del escritor para observar en un ambiente natural. Rodin mantenía sus materiales en un balcón cercano y se movía entre ambos espacios mientras trabajaba. 

Cabe destacar que estos días fueron los días de calor extremo en la costa Este de los Estados Unidos. Con una temperatura que subía a casi los 100 grados, decidimos seguir en celebraciones americanas y ser como ellos: comprar comida y sentarnos en un jardín de museo a comer y aplacar el calor. Paso por el Whole Foods que me queda a unas esquinas y vuelvo al jardín del museo para almorzar: piezas de pollo bañadas en salsa de sésamo, acompañadas de una ensalada de rúcula con arándanos secos y queso feta para mi, y sushi de salmon con aguacate para Dilan.

Así cerramos con broche de oro el paseo por la ciudad de nacimiento de los Estados Unidos.

Reflexionando en estos días, es como si la ciudad se hubiera quedado en el tiempo y haya logrado conservar gran parte de su esencia. De regreso recuerdo que, en dos días, oí una sola sirena de ambulancia y que, independientemente del cansancio y las buenas almohadas, logré dormir como en mucho tiempo no dormía. La tranquilidad, tanto visual como sonora, se hizo presente, y no encuentro otra mejor forma para celebrar estos 250 años de Estados Unidos que haciendo un recorrido por los diferentes aspectos culturales que la componen.

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