Mi tierra, entre historia, sabores y encuentros

Hoy, 12 de octubre, se conmemora el Día de la Raza. Una fecha que nos invita a reflexionar sobre la composición de lo que hoy conocemos como el Nuevo Mundo, la mezcolanza humana y, consecuentemente, un antes y un después histórico.

La Española o Ayití fue uno de los principales escenarios de este proceso. Una isla ya habitada por nuestros pueblos indígenas taínos, que posteriormente vivió la llegada de los españoles y de los africanos traídos por la fuerza durante la colonización. ¿Y de estos encuentros violentos, resistencias y transformaciones? Surgió, también, gran parte de la diversidad cultural que hoy nos caracteriza, amamos y degustamos con gran añoro (especialmente los que vivimos lejos de ella).

Y es mi querido país, República Dominicana, escenario de este hito histórico de la humanidad, el que hoy me inspira a celebrarnos. A celebrar nuestra identidad, tan detalladamente única y fascinante, compartiendo historias de mi más reciente viaje a mi amada tierra y a sus fascinantes adentros.

Aprovechando este día festivo (y por fin con un merecido momento de descanso), les comparto un recorrido por algunos de los espacios, paisajes, sabores y manifestaciones culturales que me recordaron la riqueza histórica y la diversidad de nuestro país.

Cultura: entre historia, música y tradiciones

Durante nuestro recorrido por el país, la cultura nos recibió de distintas maneras y a través de todos nuestros sentidos. Desde los escenarios artísticos hasta las calles populares, pasando por espacios históricos y religiosos, cada lugar nos recordó que nuestra identidad sigue viva, se expresa en la diversidad y vive en transformación.

Una de las experiencias artísticas disfrutadas fue en Santiago de los Caballeros, donde celebramos el Día de la Restauración, el 16 de agosto, asistiendo al Concierto por la Patria en el Gran Teatro del Cibao. Una hermosa celebración de nuestra historia independentista, con la Orquesta Filarmónica de Santo Domingo, bajo la dirección artística del maestro Amaury Sánchez, y las participaciones especiales del Ballet Folklórico Nacional, Carlos Alfredo Fatule, Adalgisa Pantaleón y otros destacados artistas nacionales.

La música también nos llevó a una experiencia muy distinta, al disfrute de la cultura fuera del esplendor y luces de un teatro, a los asientos en sillas plásticas en las calles alumbradas por los postes de luz. El famoso Son de Keka, en el emblemático sector de Los Pepines, en Santiago.

Lo que comenzó como una iniciativa del zapatero y amante del son José Antonio “Keka” Rodríguez se ha convertido en toda una tradición cultural de la ciudad. Cada domingo, la calle se transforma en un espacio de encuentro, baile y música.

Allí encontramos una especie de pasarela popular, con filas de sillas a ambos lados de la calle, donde los asistentes se reúnen para conversar, beber, comer y disfrutar del son que retumba por la cuadra. Es en este pasillo por donde desfilamos, nos saludamos, y bailamos. Una escena maravillosa de convivencia comunitaria que nos recuerda la importancia del compartir.

En Santo Domingo tuvimos también la oportunidad de presenciar un ensayo de los Alí Babá: Los Hechiceros del Mambo. Esta expresión musical y carnavalesca nacida en los barrios populares de la capital con ritmos de percusión, acompañados de coreografías sincronizadas y una energía contagiosa, forman parte de las manifestaciones urbanas más interesantes de nuestro carnaval. Electrificante estar en un ensayo donde sus instrumentos se escuchaban por decenas, haciendo imposible no vibrar nuestro cuerpo a su música. 

Pero la cultura dominicana también se expresa en la fé.

En nuestro camino hacia Constanza hicimos una parada en el Santo Cerro, en La Vega, uno de los lugares más emblemáticos de nuestra historia religiosa. Allí se encuentra el Santuario Nacional de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona del pueblo dominicano, cuya devoción está profundamente vinculada con los primeros años de la colonización.

En esta montaña entre las nubes, en lo que se siente como en el cielo, el espacio nos invita también a reflexionar sobre el sincretismo religioso de nuestra isla, donde las tradiciones católicas introducidas por los españoles se encontraron, convivieron y transformaron junto a las creencias indígenas y las expresiones espirituales africanas. Una compleja herencia que todavía se manifiesta en nuestras costumbres y devociones populares.

Y hablando de historia, no podía faltar Puerto Plata, provincia que alberga La Isabela, puerto de Cristóbal Colón en 1493 y reconocida como uno de los primeros asentamientos europeos en América. Mi queridísima Puerto Plata, alberga de los más impresionantes hechos y personalidades históricos del país, con su impetuosa Loma Isabel de Torres y demás espléndida vegetación, coqueta y completa, es de mis lugares favoritos en el país, de donde quisiera poder ser hija bautizada.

Durante nuestros días por la costa norte, entre playas y recorridos por Cabarete, Sosúa y Puerto Plata, disfrutamos también de un hermoso paseo por el centro histórico de San Felipe de Puerto Plata. 

Su encantador parque central, las edificaciones coloridas y los murales que adornan paredes residenciales, portadores de historias y expresiones de nuestra cultura, nos acompañaron hasta su hermoso malecón. Allí, frente a la inmensidad del océano Atlántico, con un azul larimar parecía extenderse sin límites, abrazando una ciudad que guarda siglos de historia.

Gastronomía: una cultura que también se degusta

Porque si algo nos caracteriza es que nuestra cultura también nos entra por lo que olemos y saboreamos. Y durante este viaje, el paladar tuvo su propia aventura.

En Santiago hicimos una parada en La Conconada, donde disfrutamos de una propuesta muy particular: concón relleno de habichuelas y carnes al gusto. Sí, ese arroz tostado del fondo del caldero que tanto nos encanta, convertido en el protagonista de un plato delicioso. 

Y siguiendo nuestro recorrido gastronómico por Santiago, tampoco faltó una parada en La Esquina de Rubén, un rincón popular donde las carnes a la parrilla son protagonistas. Fue aquí donde probé las costillitas más jugosas y carnosas que he comido en mi vida. Y a eso se le arremetió con unas cervezas bien frías y un entretenimiento en vivo de primera. 

En Santo Domingo, por su parte, disfrutamos de unos buenos chicharrones en Bodega y Chicharrones. Sencillo pero re bueno el comer aquí: sillas plásticas, mesitas cuadradas colocadas junto a la calle (no es solo en NYC no) y grupos de personas reunidas para comer, beber y compartir, que salieron del trabajo, eligieron el lugar como su punto de partida por la noche, o andaban en linda pareja de amor. 

Tampoco podían faltar nuestros queridos Helados Bon, una marca dominicana fundada en 1972 que ha acompañado a generaciones y que, para muchos de nosotros, guarda los recuerdos dulces de nuestra infancia. Y, por supuesto, una parada en la emblemática Barra Payán, para disfrutar de un completo acompañado de una refrescante batida de piña. Paradas que ya son sí o sí. 

Y en casa, ¡ni hablar! Entre unos cuantos viajes al Bravo, disfrutamos de huevos, plátanos maduros, aguacates, salami y tantas otras delicias de nuestra mesa, en repetición. 

En nuestros entre y sales por Puerto Plata, Cabarete y Sosúa, el paladar continuó disfrutando. Desde una exquisita hamburguesa con salsa ingrediente secreto en la Esquina de Maki hasta las famosas rikis (rikitakis) en este caso de La Morena, plato callejero emblemático del cibao preparado con pan, repollo, carne molida, huevo y salsas. 

Y claro, que lo dulce es parte de todo este recorrido celebrativo. 

En Puerto Plata probamos un delicioso dulce de leche de Dulces Doña Agustina. Una porción generosa de barra de Dulce de Leche, de textura perfecta y un dulzor equilibrado, sin resultar exagerado. Memorable. Y los yogurt y conconetes de Productos Balbuena, en la curva y para emblemática antes de entrar a Puerto Plata. 

Nuestra gente: razones pilares para regresar

Más allá de los paisajes, los recorridos históricos, la música y los sabores, hay algo que siempre hace especial regresar a República Dominicana: nuestra gente. 

En mi caso, este viaje estuvo particularmente dedicado a compartir con mi familia y algunos amigos cercanos. Porque cuando se vive lejos, el tiempo juntos adquiere otro significado.

Con mis hijas-sobrinas disfrutamos de momentos de calidad, regresando a lugares conocidos y compartiendo algunos de nuestros gustos gastronómicos favoritos.

Uno de esos encuentros nos llevó a Formosa, en la urbanización Fernández, para disfrutar de una de nuestras acostumbradas salidas a comer, en este caso la gastronomía Taiwanesa. Y allí estaba. Igual de acogedora y sabrosa. 

Una de nuestras experiencias más especiales fue la visita al Museo Nacional de Historia Natural, donde disfrutamos del recién inaugurado Planetario Nónum. Este moderno espacio, abierto en abril de 2026, nos invita a recorrer el universo a través de proyecciones inmersivas. Su nombre, de origen taíno y vinculado con la Luna, establece una hermosa conexión entre los conocimientos de nuestros pueblos originarios y la ciencia contemporánea. Una experiencia fascinante para compartir en familia.

Entre espacios renovados y exhibiciones actualizadas, tuvimos la oportunidad de redescubrir este lugar dedicado al conocimiento de nuestra naturaleza y mundo. Una exhibición de nuestro sistema planetario destacando detalles importantes como Venus, que desafía las reglas del sistema solar gira en dirección contraria a la mayoría de los planetas, y la sección en homenaje a Eugenio de Jesus Marcano y su trabajo pasional e investigativo sobre la paleontología y geología de Republic Dominicana.

Un privilegio la oportunidad de volver a nuestras andanzas de andar entre chicas de la familia, explorando y viviendo la vida. Por momentos como estos es que ignoro lo más posible todos los miedos que me entran al despegar en un avión. 

Regresar a nuestra tierra es también reencontrarnos con una parte de nosotros mismos. Con los sabores de nuestra infancia, las calles que nos resultan familiares, la música que nos mueve y, sobre todo, los abrazos que nos esperan. Lo que vivimos en ella, las razones por la cual siempre soñamos con regresar. 

Quizás por eso, cada viaje a República Dominicana es también una oportunidad para redescubrirla. Entre sus carreteras adornadas de flamboyan y palmeras, campesinos y citadinos en un sube y baja por los diferentes nortes, y un calor que se apacigua con brisa caribeña, cervezas y una buena actitud, me veo cayendo de nuevo en su encanto que parece no tener tiempo de caducidad, por más problemática que pueda tornarse. Porque nuestra tierra, con toda su complejidad histórica, diversidad cultural y extraordinaria riqueza humana, continúa siendo muy bendecida. 

Y yo, feliz de seguir compartiéndolo, celebrándolo este y todos los días.

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